Una reafirmación de lo peor del kirchnerismo

 Una reafirmación de lo peor del kirchnerismo

No encuentro razón alguna para salir de mi desesperanza. Y lo peor es que siento que al Gobierno tampoco le importamos demasiado.

Como todo fanatismo, con el récord mundial de cuarentena no logramos conocer la magnitud de lo destruido y mucho menos, la dimensión de lo rescatado. No era lo que esperábamos. Del dogma de la cuarentena a la reforma de la justicia pasando por la triste, absurda, patética cláusula “Parrilli”, todo resulta un desatino, una provocación al sentido común, una reafirmación de lo peor del kirchnerismo. Muchos salieron de nuevo a la calle, como aquella vez que un jefe de Gabinete los devaluó por “bien vestidos”, sin entender que con ese gesto estaban construyendo una derrota electoral. Ahora salieron a manifestarse asumiendo que no alcanzó con votar, que las derrotas no enseñan y los triunfos generan amnesias. En lugar de asumir las diferencias, de intentar entender e integrar, en lugar de una respuesta política escuchamos del presidente “no nos doblarán el brazo”, como si los que se manifiestan no tuvieran derecho a ser un dedo de esa mano que los desafía a la pulseada. Las ortodoxias siempre están más cerca de lo circense que de la ejemplaridad. Batimos el récord de encierro buscando en el dogmatismo los logros que no supimos convocar desde el sentido común.

Los vientos de la historia suelen tomar sus propios rumbos. Los hubo de enfrentamientos donde la vida se honraba en la entrega por una causa noble; los hubo marcados por la guerra y también, después de ella, por una paz creativa que convirtió en mercado común el espacio de naciones que durante siglos no habían podido encontrarse salvo en contados momentos de paz. Nosotros logramos recuperar la democracia definitiva y contra todas las predicciones que auguraban el desarrollo y la justicia distributiva del imperio de las instituciones, contra todo lo esperado, solo impusimos el imperio de la pobreza, donde en los setenta, plenos de rebeldía, apenas llegaba a un cinco por ciento; hoy hemos alcanzado a lastimar con su dolor a más del cincuenta por ciento de la sociedad. Son muy contados los momentos para recuperar de estos cuarenta y cinco años, tiempos donde el desencuentro fue causa y consecuencia de semejante decadencia que tanto nos cuesta asumir. La política, ese arte que se ocupa del destino colectivo, cedió su responsabilidad a intereses parciales que actuaron sin tener en cuenta el resultado de sus actos.

El más crudo materialismo se impuso como ideología imperante, el pragmatismo fue su expresión coyuntural, la riqueza en pocas manos, el fruto sembrado y con creces obtenido. La dirigencia política se dividió como en los peores momentos de nuestra historia y mientras las ideas fueron las excusas, los intereses constituyeron la razón de tamaña confrontación. En medio de ese materialismo a toda orquesta, la dirigencia política acompañó con sus prebendas y su nivel de vida el éxito del poder del dinero sobre las ideas, del individualismo sobre la solidaridad, las ideologías y la misma necesidad de la política. El individualismo degradó a la ética dejándola instalada como un simple instrumento del fracaso, la solidaridad fue devaluada socialmente y refugiada en religiones, pequeños grupos y algunas sectas, donde el otro es solo aquel que comparte las limitaciones de mi fanatismo.

El materialismo triunfó sin atenuantes, la concentración se quedó con todo lo rentable; las clases medias y la clase baja que durante décadas fueron incentivadas por la movilidad social, de pronto perdieron toda esperanza, ingresaron al infierno del Dante. Triunfaron tanto los ricos sin patria ni bandera que se animan a imponer su pensamiento como el único viable. Son ellos o los fracasados. La política y su burocracia terminó siendo el último espacio de movilidad social ascendente, los cargos enriquecen como antes premiaban la creatividad, la inteligencia y el esfuerzo. La nación se convirtió en colonia, espacio donde se enriquecen inversores cuyas ganancias tienen otro destino, en moneda y en patria.

De pronto, lo material se instaló como única opción; el encuestador y el asesor travestirán en político al ganador, que lejos está de interesarse en lo colectivo. Consolidan su propuesta de marginación de los pobres, de desprecio de la religiosidad, de la coherencia y hasta de la misma dignidad. La dimensión y gravedad de la crisis exigía una transición, no había que comenzar con la Justicia, gesto que solo repite la agobiante sensación del eterno fracaso. Necesitábamos encontrar una causa que nos uniera, que nos permitiera ocuparnos de lo más urgente, de los más necesitados. Me cuesta asumirlo, pero no encuentro razón alguna para salir de mi desesperanza. Y lo peor es que siento que al Gobierno tampoco le importamos demasiado.

por JULIO BÁRBARO

Politólogo y Escritor. Fue diputado nacional, secretario de Cultura e interventor del Comfer.